Era el día 3 de manifestaciones, después del despertar social de Chile. Había temor, pero no podía tomarle el pulso a la situación desde casa. Me armé de valentía, agarré fuerte mi cámara y salí con una importante misión: documentar todo lo que pudiese. Esa era mi responsabilidad como fotógrafo y periodista en formación.

El transporte en Santiago ya estaba cojo, el Metro no funcionaba y el comercio lo hacía a medias. La normalidad se vio sobresaltada de golpe y miles de personas se aglomeraban en las calles en protestas autoconvocadas; parecía que junto con la primavera la dignidad comenzaba a florecer.

Esa mañana fue distinta, el ambiente era distinto, todo era distinto. Subí a una micro y la gente iba conversando, hombres y mujeres contaban sus problemas, se abrazaban, yo lo vi; parecía que eso que quería mostrar la televisión no era cierto, porque hasta ese momento, no vi una violencia desatada.

Me dirigía a Plaza Italia (ahora Plaza de la Dignidad) y pasaban los minutos en esa tremenda y destartalada máquina azul que es la del recorrido 210. Como buen observador noté a familias enteras decir estar cansadas de décadas de abusos y promesas inconclusas.

Y como esas personas, muchísimos se agolparon en las calles del centro de la capital exigiendo cambios profundos. Los días dirían que la metrópoli, al igual que todo un país, abofeteó todo lo que estaba en el sentido común y logró despertar con un potente mensaje: basta de abusos.

El recorrido seguía. Iba parado en la micro y pasamos por las cercanías del Canal Mega. Uno de los pasajeros dijo que gritáramos, porque había una funa contra la estación. Y claro, cientos de manifestantes estaban afuera de las instalaciones; algunos escribían en las paredes del edificio cosas como “mentirosos”, exigiendo responsabilidad periodística. Más tarde vería en Twitter que la respuesta a eso fue guardias violentos y represión policial.

© Gonzalo Ibarra | @gonzalo.fotos

Yo sabía que el recorrido normal del transporte público estaba afectado, así que iba atento. La micro ya había pasado la Avenida Matta y luego se incorporó a la calle Diez de Julio. Debía bajar, lo hice junto a decenas de personas que más tarde se sumarían a una gran manifestación. Fui a la sombra y desembolsé mi arma, mi vieja cámara Canon.

A paso lento caminaba por calle Portugal para integrarme a la Alameda, en eso iba haciendo clic al obturador. Disparaba a todas las situaciones que iba viendo y que a cada paso se transformaban en poesía de lo cotidiano. Costó un poco llegar a la gran protesta, pues a dos cuadras del GAM, Carabineros lanzaba gases lacrimógenos y disparaba al aire, impidiendo el paso a quienes intentaban sumarse a esa gran masa de gente que se dirigía al corazón de la ciudad.

© Gonzalo Ibarra | @gonzalo.fotos

Pude fotografiar muchas cosas, hasta que lo tóxico del ambiente me hizo correr a otro lugar. Tomé un descanso y luego pude retratar a adultos mayores con máscaras para gases, a otros que tenían mensajes llamativos y a algunos cuyas expresiones corporales decían más que lo escrito en un pedazo de cartón. En fin, llegué a la Alameda.

Junto con otros miles, intentaba avanzar hacia el sector de Plaza Italia. Hice cientos de fotografías entre piedras, gases lacrimógenos y disparos de Carabineros y militares, que resguardaban las estaciones de Metro.

Eran las 17.30 horas y decidí volver a La Florida. Sabía que las micros pasaban hasta las 18.30 horas, antes del toque de queda, pero ya no se veía ninguna en las calles. Como miles, tuve que caminar a casa.

Eran las 20 horas y comenzó a regir la medida del Estado de Emergencia. Todavía quedaba mucho recorrido para estar a salvo. El miedo me invadió por unos segundos, pero ver a tanta gente en las calles y la mayoría unida, me hizo avanzar con tranquilidad.

Descarté la principal arteria, Vicuña Mackena, para continuar hacia el sur de la ciudad, así que decidí llegar a mi destino a través de poblaciones, muchas de ellas estigmatizadas por sus niveles de inseguridad. Sin embargo, nunca me había sentido tan seguro. No vi en mi camino carabineros ni militares, pero sí un carro de papas fritas. Fui donde la señora que estaba ahí, conversamos un rato mientras preparaba la comida; compré y seguí mi camino.

Pasadas las  23 horas pude llegar, afortunadamente, sano y salvo a casa. Los pies me dolían pero la recompensa fue una tarjeta de memoria llena con fotos que sin duda quedarán en la memoria y la historia de este país.