Aún nos queda patria


 Intentar un análisis respecto de lo que ha ocurrido estos días no es fácil. Las causas que han llevado a este estado de vigilia son muchas. Podría decirse que las interminables frases de algunos personeros de Gobierno y la política en general son descabelladas; de otra parte, podríamos entender que la discusión de las pensiones y las formas en cómo ellas se distribuyen resultan un detonante. Por otro lado, los dueños de las playas, la crisis hídrica, el control de las aguas. También el transporte y su caro y poco eficiente servicio; podríamos seguir más aún, la desigualdad de una sociedad que presenta elevadísimos índices de inequidad, las dificultades de una educación rendida al mercado, etc., los análisis pueden ser muchos, pero conviene detenerse quizá en unos pocos.

Desde algunas miradas más centradas en lo que ocurre en las personas, el modelo económico, político y social que nos rige ha sido particularmente desigual. El acceso a bienes y servicios han estado eternamente restringidos a una pequeña porción de la sociedad y eso ha mellado los hastíos. La educación que hemos ofrecido a nuestros jóvenes, niños y adultos no ha estado a la altura de una sociedad que espera transformarse en un mejor referente; basta recordar que en los planes y programas de algunas escuelas (públicas y privadas) el objetivo es formar niños para que sean excelentes trabajadores, solo ahí, en esa triste frase, tenemos una de las principales carencias de nuestra sociedad: un relato que persigue la trasformación de las personas en personas.

Si pensamos en formar personas para el mundo del trabajo, estamos partiendo de la base que toda trasformación posible tiene como resultado conseguir un empleo, acumular riqueza o simplemente serle útil al Estado o un particular. Eso, lamentablemente, perpetúa la desigualdad y establece diferencias entre ciudadanos, pues, valga la reflexión, no todos son formados en esa línea (para dirigir el país). Muchos son formados como obreros del capital. Hasta ahí ya resulta un despropósito siquiera comenzar a develar la génesis del problema, porque resulta evidente.

La juventud, el estudiantado y todos aquellos que ni trabajan ni estudian han resentido con profunda convicción este modelo perverso que les obliga a formarse para trabajar, para servir a otro que determina sus empeños. La juventud (como ha sido siempre) ha entendido mucho mejor que los adultos cuál es el camino a seguir: revelarse contra aquello que consideran injusto. Muchos de ellos han encontrado los caminos del diálogo, otros de la rabia, algunos de ellos los de la violencia y otros más los caminos de la desesperación, algunos últimos han encontrado el triste camino de la ausencia y el silencio.

La forma en cómo cada uno reacciona a aquello que le parece injusto se encuentra enclavada en las  formas en cómo fue aprendiendo e interactuando con el mundo; de ahí las diferencias entre la violencia y la respuesta no violenta. Muchos no creemos que todo sea producto del vandalismo y de personas que solo quieren robar y destruir; muy por el contrario, algunos entendemos que, ya sobrepasados de desigualdades, muchos han encontrado el único camino para ser escuchados y, quiera creerse o no, han sido escuchados, quizá no de la forma en cómo se desea, pero el resultado está a la vista.

Decir que “Chile ya cambió” resulta un despropósito. Chile no ha cambiado, las desigualdades se mantienen, las injusticias las vemos en cada diario y programa de televisión, las asimetrías en la distribución de la riqueza siguen ahí. Lo único que ha cambiado es la forma en cómo hemos aprendido a manifestar, esta vez con más decisión y fuerza que antes.

Las situaciones que han venido ocurriendo para generar este momento histórico venían larvando desde hace algún tiempo. No solo desde las manifestaciones del año anterior sobre los discursos de igualdad y género, no solo desde la revolución pingüina de algunos gobiernos atrás, no solo desde las interminables manifestaciones de profesores, pescadores, trabajadores y estudiantes; sino mucho antes, cuando ocurre la conquista se instala una forma de relacionarnos en la que (más allá de las batallas) unos dominan sobre otros, recordará el lector que los españoles no han venido necesariamente a hablar de la palabra del Señor ni mucho menos a evangelizar. Sorprendidos con esta invasión el pueblo mapuche decide levantarse y pelear. Lamentablemente esto instala una forma de dominio que se combate con fuerza y opresión de los que tienen las herramientas para someter al otro, y así se instala esta forma de unos sobre otros.

Esa idea de unos sobre otros es lo que ocurre en el sistema educacional de mercado, es lo que ocurre en las colusiones de farmacias y pollos, unos sobre otros es cuando un Presidente, electo con algo más de 3.5 millones de votos, gobierna para todos, pero no los representa. Unos sobre otros es la forma en cómo imponemos un sistema de transporte tan nefasto como su resultado, cuando escribimos y reescribimos una Constitución que no tiene sentido alguno, cuando elegimos senadores o diputados con 1.000 o 2.000 votos y que dictan leyes sobre una ciudadanía que no los siente representativos. Podríamos seguir, pero se entiende el punto. Aburridos, cansados, hastiados y enojados, nos hemos levantado contra esos años de asimetrías, de ellos sobre nosotros y también de nosotros sobre ellos. Hemos tomado la bandera y avanzado en las conquistas.

Lo que viene ahora resulta también muy complejo de dilucidar, un país con una clase política dañada y que no representa el sentir de la sociedad, fuerzas armadas en la calles con tanques y metrallas estableciendo el orden, un Presidente en una tremenda encrucijada, sin mirar a quien lo ha votado, sin responder a un país que clama respuestas; un Presidente confundido entre sus necesidades personales y el clamor de una ciudad que exige soluciones, un Presidente que, dados sus interminables errores de incontinencia verbal, ha cavado más profundo su trinchera, más lejana de las personas, más distante de los ciudadanos y de los estudiantes, más lejana de las personas de a pie, de los adultos mayores, de los servicios de salud, del profesorado y de aquellos que le dieron el voto.

Resulta complejo lo que viene. El diálogo ha de ser lo primordial en cualquier intento de seguir, pero el diálogo no puede ser posible en la medida que estén unos sobre otros, pues ello implica sumisión  y obediencia. Cómo salir de este entuerto entonces, lo primero es entender que la crisis no ha terminado, es solo un comienzo de una problemática que tardará quizá años en resolverse, pero que puede avanzar en la medida en que con humildad nos sentemos a dialogar. Y no solo los políticos, ellos en verdad no reflejan el sentir de la población. Debemos sentarnos con las personas, los pobladores, los estudiantes de cada ciclo educativo (primaria, secundaria y terciaria), con las comunidades homosexuales y transgénero, con las comunidades rurales, debemos dialogar con las FFAA, con los amigos y no amigos, debemos dialogar, solo así construiremos un futuro esperanzador.

Por lo pronto, estamos en Estado de Emergencia, con toque de queda mientras nos quede energía. No debemos olvidar que aún nos queda patria.