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De la resistencia a la admiración: el giro de Carolina Lainez en el mundo de la cerámica

Una decisión inesperada llevó a la ex estudiante de diseño industrial a convertirse en una apasionada alfarera urbana en Maipú, dedicada por estos días a explorar y difundir la riqueza de la cerámica en la sociedad chilena de hoy.

 Esta publicación forma parte del suplemento digital Oficios Tradicionales: La lucha contra el olvido y la desaparición, que fue financiado por el Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social del Gobierno de Chile y el Consejo Regional Metropolitano de Santiago.


Redactado por Eduardo Namoncura

   En un rincón de la Región Metropolitana, específicamente en el taller Kalfu en la comuna de Maipú, se encuentra Carolina Lainez, alfarera urbana cuyo encuentro fortuito con la arcilla marcó el inicio de una apasionante travesía en el mundo de la cerámica. Su historia es un testimonio de resistencia, evolución y crítica, modelado por la dedicación diaria por preservar y mantener el legado histórico y cultural de la alfarería.

Tras retirarse de la universidad, donde estudiaba diseño industrial, Carolina entró en la búsqueda de lo que creía era su pasión: la mueblería. El sueño de diseñar y fabricar muebles, la motivó a buscar espacios de formación donde pudiese encontrarse con otros que, en su misma sintonía, pudieran dar vida a armarios, mesas y sillas que acompañasen a las personas en la vida cotidiana.

UN ENCUENTRO FORTUITO

Su búsqueda y tozudez la hizo rechazar un particular curso de alfarería dictado por el Sence, siempre pensando que el diseño de muebles y la carpintería eran su camino. Tras la insistencia de la coordinación de los talleres, no le quedó más que matricularse en algo que no quería, decisión que le dio un giro inesperado a su vida. “La cerámica, la arcilla, me buscaron, porque al principio me resistí a trabajar con ellas”,  confiesa.

Fue este taller intensivo -del cual no quería ser parte- el que la hizo descubrir la riqueza de la cerámica, superando el prejuicio y ese inexplicable temor, dando paso a una conexión profunda con el oficio. “Llegué buscando un taller de serigrafía (técnica complementaria a la mueblería) y me dijeron que ya no habían cupos, que les quedaban solo para alfarería prehispánica. Les dije que no, que si abrían cupos para el de serigrafía que me llamaran”., señaló.

Tras la insistencia de los talleristas para que se incorporara al taller de alfarería, Carolina cedió. “Al pasar unos días me volvieron a contactar, insistiendo con el taller de alfarería, diciéndome que necesitaban alumnos para dictar el curso. Finalmente lo tomé. Fue un curso intensivo de 10 días; fue ahí donde empecé a conocer un poco más sobre la cerámica y me enyunté mucho con la profe, y empecé a aprender con ella durante casi dos años”, recuerda. 

“Cuando me ofrecieron el taller yo decía no quiero hacer ‘cacharritos tipo Pomaire’, yo venía del mundo del diseño con otras lógicas, otras estéticas en la cabeza”,  señala  Carolina, quien hoy reafirma su admiración plena a la técnica de la arcilla. “Tenía otras ideas en mi cabeza para desarrollar en mi vida, era también parte de mi ignorancia frente a la riqueza de la arcilla, como que la menospreciaba se podría decir. Hoy día manifiesto mi admiración más profunda a los ‘cacharritos’ y a mis colegas alfareros de Pomaire”.

EL MUNDO DE LA CERÁMICA A TRAVÉS DE LOS OJOS DE CAROLINA

Para Carolina el mundo de la cerámica en Chile es uno de contrastes, como muchas cosas en este país. Por un lado el resurgimiento de la técnica en el mundo urbano, especialmente en jóvenes, que post pandemia, se volcaron a aprender y reflotaron la alfarería en un espacio donde conseguir la materia prima no es más que un mero trámite. Y por otro la realidad de los antiguos alfareros, o los tradicionales, que se enfrentan al desafío del recambio generacional debido a la falta de reconocimiento, la valoración por parte de la sociedad y el acceso de la materia prima.

“Aquí en la ciudad, en Santiago, tenemos una situación más cómoda. Simplemente vamos y compramos la arcilla. Sin embargo, nuestros artesanos tradicionales, como los alfareros de Pomaire, enfrentan desafíos significativos. La extracción de arcilla en Pomaire ya no se realiza en el lugar tradicional; ahora tienen que desplazarse a otro sitio, ya que el área donde solían extraerla es ahora de propiedad privada y no se les permite el acceso. Actualmente los artesanos de Quinchamalí enfrentan el mismo riesgo que recientemente experimentaron en Pomaire”.

Carolina, hoy convertida en una apasionada de su arte, se sumerge con entusiasmo en la organización de numerosos talleres. En la primera parte de sus jornadas se adentra con encanto en el fascinante mundo de la cerámica y la artesanía. Su objetivo principal: sembrar la semilla de la reflexión desde un comienzo, invitando a sus alumnos a cuestionar el valor de una pieza y si este justifica el precio establecido por los artesanos. 

Inspirada por su compromiso con la educación y la apreciación de las habilidades artesanales, Carolina lleva a cabo visitas pedagógicas en sus talleres, que buscan relevar el valor histórico de la alfarería a través de visitas al Museo Precolombino y a la comuna de Pomaire.

Para ella, estas experiencias proporcionan a los alumnos y alumnas una oportunidad única de presenciar de primera fuente todos los procesos de la disciplina, enriqueciendo así la comprensión del arte y la importancia de la tradición alfarera.

CLAVES PARA EL RESCATE LA IDENTIDAD ARTESANAL

La competencia desigual que propicia la irrupción de productos importados desarrollados a gran escala en países como China e India, han invisibilizado el trabajo artesanal de la arcilla. La escasa valoración del trabajo hecho a mano y la falta de espacios de comercialización especializados son al día de hoy las grandes brechas que el país no ha sabido resolver, sumiendo a los artesanos en una lucha contra una falsa artesanía, producida en serie en base a la precarización de miles de personas al otro lado del mundo. 

La globalización ha traído consigo una homogeneización de gustos y estilos, desplazando gradualmente las formas tradicionales de producción. A medida que las corrientes globales dictan modas y preferencias, las expresiones auténticas de la artesanía local a menudo quedan eclipsadas por productos masivos y estandarizados.

“Es súper difícil competir contra una vasija que una persona que no es artesano vende en 5.000 pesos. Yo no la puedo vender en ese precio, yo la vendo en 12.000, y eso te demuestra que no tenemos un público consumidor que aprecie esa diferencia. Ellos están mirando el producto final, no entendiendo que detrás de esa cerámica traída desde China hay mano de obra barata, hay materias primas compradas por toneladas y hay procesos industriales muy distintos a los que se da en un taller artesanal”, señala de manera enfática. 

Para Carolina la clave para apreciar la alfarería tradicional radica en viajar, sumergirse en la cultura local y generar interés genuino. La necesidad de que los gobiernos y las instituciones promuevan espacios educativos y culturales para preservar y difundir las tradiciones artesanales son claves a la hora de generar políticas públicas que busquen resguardar el patrimonio material e inmaterial de la nación. 

Hoy Carolina no solamente vive del trabajo artesanal de la alfarería, en su taller y con sus creaciones, sino que con el tiempo ha sabido transitar hacia el espacio de la formación, rindiendo culto y promoviendo el oficio de la alfarería en la Región Metropolitana.

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