Incorruptos de Carolina Melys: La desintegración emocional de los enfermos en “Las historias que nos contamos”

En el relato se evidencia una ruptura en las relaciones afectivas durante el proceso de una enfermedad terminal.


 Las personas que sufren una enfermedad de tipo terminal, como el cáncer, comienzan a experimentar la muerte antes de la muerte, es decir, tienden a pasar por un proceso de desintegración emocional durante las distintas etapas de la enfermedad, etapas que suelen llamarse la negación, el silencio y la aceptación por parte del enfermo en torno a su propia enfermedad. En el cuento “Las historias que nos contamos” del libro Incorruptos (Montacerdos, 2016) de Carolina Melys (1980), dichos términos son tratados como elementos constituyentes de aquello que genera un quiebre en las relaciones afectivas cuando se callan las emociones en torno a la muerte.

Según la escritora, filósofa y ensayista, Susan Sontag, los enfermos sienten vergüenza de su condición porque de alguna manera dependen de un otro para llevar a cabo sus actividades cotidianas tales como vestirse y tener que asistir acompañados a las citas médicas por temor a desfallecer a causa de la falta de energías, por lo que comienzan a ocultar sus emociones para no herir a sus seres queridos. Transitan por el sendero de la muerte emocional antes de la muerte física, y el cuerpo, por su parte, se resiste a ejercer sus funciones de manera óptima hasta que es demasiado tarde y se termina el proceso de negación y se comienza a desintegrar y a morir por completo. Esto es lo que le sucede al protagonista en el cuento de Carolina Melys y es lo que lo lleva a tener que aceptar su condición y a reconocer que tiene miedo.

En el relato se evidencia una ruptura en las relaciones afectivas durante el proceso de una enfermedad terminal. La primera perspectiva atañe a un hombre enfermo que asume su condición al final de la narración, ya que mientras se niega a aceptarla, va contando historias a su hija que le permiten aferrarse a su pasado y a su infancia desempolvando los momentos felices que ha atesorado a lo largo de su vida y que lo distrae en el camino hacia su muerte. La segunda perspectiva aborda la figura de la hija, quien también sufre su propio proceso de asimilar lo que está ocurriendo: se niega a aceptar la enfermedad de su padre, un cáncer de estómago que corresponde al grupo de los más agresivos y que tiene pocas posibilidades de regresión. Ella, desde su tristeza, entra en un estado de negación distinto al de su padre adquiriendo conductas autodestructivas como mecanismo de defensa ante el dolor, ya que, de forma indirecta, ella también se va enfermando emocionalmente.

Las enfermedades que no presentan un diagnóstico alentador se pueden tratar en la medida en que se involucre la voluntad del paciente. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el tratamiento solo retrasa la enfermedad, no la cura, y el tiempo de sobrevida corresponde a unos pocos años (dependiendo de la agresividad del cáncer). Además, existe la disyuntiva del enfermo por seguir un tratamiento que disminuye su calidad de vida o de recurrir a la opción de vivir menos tiempo, pero con más energía. Desde aquí se desprende la idea de la negación y el silencio para cubrir los momentos incómodos que tienen que ver con la toma de decisiones respecto a esta enfermedad. Por otro lado, está el recuerdo constante de su existencia que no escapa al reflejo del espejo, sino que acentúa el deterioro de una imagen que se vuelve irreconocible tanto en el aspecto físico como en el imaginario del paciente.

Carolina Melys | Créditos foto: La Tercera.

En el transcurso del cuento, se genera cierta distancia entre el padre y la hija desde el momento en que reciben los resultados de los exámenes y en ese lento andar por los pasillos del hospital, cuyas paredes los van separando hasta cortar la comunicación entre ambos. La hija también empieza a ser partícipe de la enfermedad de su padre, pero desde otra vitrina, puesto que comienza a observar y a narrar lo que va sucediendo. Ella no actúa, no puede, porque el silencio se presenta como otra manera de comunicarse y expresar más que las palabras no dichas, pues contiene en sí mismo una falla, una ruptura.

«El dolor empezó en el dedo meñique de la mano izquierda. Ese dedo que pareciera no servir para nada, insignificante hasta que molesta y ya no se puede caminar sin pensar en él , ni leer o fumarse un cigarro sin pensar en él». Así comienza el cuento. Se describe una dolencia física que pudiese no tener importancia, pero que se magnifica con el solo hecho de pensar en las consecuencias fatales.

En el caso de la figura del padre, tuvo un mal pronóstico desde un comienzo, y como el cáncer es una enfermedad que por lo general se detecta tardíamente, no tuvo otra opción que negarse a lo que estaba ocurriendo y aferrarse a las historias de su pasado como una forma de detener el tiempo frente a la inminencia de la muerte. Las historias que va contando hablan sobre una infancia feliz y divertida con sus amigos del barrio, infancia en la que corría por los cementerios haciendo travesuras a partir de las leyendas que otras personas les contaron. Él era un niño inocente y jamás se imaginó que a la edad adulta se vería indefenso, consumido por el miedo. Y ella, también temerosa, pero reflexiva, muestra empatía distorsionando su imagen:

“Miré mi pelo largo que caía lacio sobre los hombros. Lo tomé con ambas manos y me hice un tomate pegado a la nuca. Tomé el pañuelo que me cubría el cuello y me hice un turbante con él, tapando todo rastro de pelo de la frente y las orejas. Con los dedos me tapé las cejas y me miré largo rato. Un rostro irreconocible me miraba a través del espejo”.

Aquí se evidencia un contraste en los procesos de cada uno, puesto que el padre viaja al pasado a través de su mente y la hija manifiesta temor por el futuro representado por el deterioro de su cuerpo frente al espejo, el mismo deterioro que más adelante experimentaría su padre en la fase final de su enfermedad cuando se cae el pelo, cuando el rostro se torna pálido e irreconocible, cuando no hay vuelta atrás. En la última etapa, como se ve comúnmente, ocurre una despersonalización del sujeto a partir de la transformación de su propio cuerpo como si fuese el de otro. La hija, a su vez, hace un reparo de sus propias reacciones al ser testigo de todo el proceso:

“Cerró los ojos y rozó con sus dedos mi mano apoyada en su pecho. Después los abrió apenas y soltó, como reprochándoselo: Estoy mal. Y en esa pequeña declaración estaba contenido el fin del mundo”.

Con el desarrollo de la escena anterior se marca el inicio de la última etapa de la enfermedad. El sujeto por fin acepta su condición de enfermo y con esa aceptación revela el miedo que lo ha estado acechando. Ahora bien, con dicha aceptación es posible reformular el quiebre en las relaciones afectivas en torno al silencio, puesto que una vez que el enfermo acepta su estado y se resigna, se presenta una nueva oportunidad para reconstruir las relaciones interpersonales. En este caso, el vínculo de un padre con su hija.

Por otro lado, del cuento se deduce que los personajes están y se sienten profundamente solos, lo que resulta más doloroso para los dos casos porque el sentimiento de pérdida es compartido y único para ellos, puesto que desde la declaración sucinta en la que “estaba contenido el fin del mundo”, se puede obviar el emotivo descenso de la historia. No obstante, se vuelve esperanzadora la posibilidad de recuperar el nexo perdido con los cercanos para abordar con altura de miras y en compañía la inminencia de la muerte.

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