«La casa en que vivimos»: 50 años de una película chilena que tiene ecos en el país actual


Este 20 de julio se cumple medio siglo del estreno de esta cinta de Patricio Kaulen («Largo viaje»). Aunque su historia tiene más de una conexión con la sociedad de hoy, en comparación con otros clásicos de esos años, poco se recuerda en la actualidad este título, que se puede ver online gracias a la Cineteca Nacional de Chile. Además de verla nuevamente, aprovechamos el aniversario para conversar con una de sus protagonistas, todo un icono de la escena nacional: Carmen Barros, quien a sus 95 años se mantiene tan lúcida y entusiasta como siempre.  

El paso del tiempo puede ser un arma de doble filo en distintos ámbitos, y el cine no es la excepción: a menudo es un aliado para revalorar películas que pasaron desapercibidas en su debut, pero también puede jugar en contra si son miradas por los espectadores de nuevas generaciones con los ojos del presente, y sin comprenderlas en el contexto temporal en el que fueron creadas. Ejemplos hay muchos, y uno de ellos podría ser un film chileno del que rara vez se habla en la actualidad, y que sin embargo posee elementos que podrían ofrecer más de un eco o conexión con nuestra realidad contemporánea: «La casa en que vivimos», cuarto y último largometraje del realizador Patricio Kaulen, de cuyo estreno este 20 de julio se cumplirán 50 años.

Un veinteañero Kaulen dio sus primeros pasos en el cine en los años 40, primero colaborando con destacados realizadores de la época como Jorge Délano y José Bohr, y luego incursionando por primera vez como cineasta con dos largometrajes, «Nada más que amor» (1942) y «Encrucijada» (1947). Pero aunque se mantuvo vigente como realizador en cortometrajes documentales corporativos y también a nivel gerencial presidiendo el directorio de Chile Films, tuvieron que pasar dos décadas hasta que en 1967 regresó al largometraje con uno de los títulos más recordados en la historia fílmica local: «Largo viaje», considerado un eslabón fundamental en el camino al surgimiento del llamado Nuevo Cine Chileno que daría que hablar en los siguientes dos años con «Tres tristes tigres» de Ruiz, «El chacal de Nahueltoro» de Littin y «Valparaíso mi amor» de Francia.

Kaulen, de quien el próximo año se conmemorará el centenario de su nacimiento, falleció hace ya dos décadas, en febrero de 1999, dejando pendiente el que habría sido su quinto largometraje, «Viva Crucis», cuyo rodaje se había iniciado en Valparaíso cinco años antes pero nunca llegó a concluir. Con «Largo viaje», bien recibida por público y crítica, premiada en el Festival checo de Karlovy Vary, y recordada especialmente por uno de los momentos más emblemáticos de nuestro cine -el «velorio del angelito»-, el realizador evocó el neorrealismo al abordar las diferencias sociales que descubre el humilde e ingenuo niño protagonista al recorrer Santiago, conformando el que hasta hoy es un hito ineludible en la evolución del cine local. Por eso mismo, era lógico imaginar que habría muchas expectativas con su próximo proyecto, y sin embargo el estreno en 1970 de «La casa en que vivimos» no sólo no tuvo mayor repercusión en su momento, sino además hasta hoy es rara vez mencionada al revisar el cine nacional de esa época.

Ya por su argumento, la película es una verdadera rareza en la cinematografía local: se centra en los Gutiérrez, una familia que vive en Santiago, en la que los padres llevan mucho tiempo tratando de construir y tener su propia casa, y a partir de la celebración de sus 25 años de matrimonio que realizarán en medio de los tijerales para mostrar a sus amigos los avances de la construcción, el relato alterna el presente con momentos del pasado, retrocediendo en recurrentes flashbacks a los años 40 en Talca cuando la pareja se casó, e incluso saltando al futuro en un par de secuencias ambientadas en los años 80.

Kaulen nuevamente indagaba en temáticas sociales, pero si antes en «Largo viaje» se mostraban las diferencias entre los más desprotegidos y los sectores más acomodados, acá se concentra en una realidad que no ha estado tan presente en la evolución del cine chileno: la llamada «clase media», y su clásico «sueño de la casa propia» como símbolo de los anhelos materiales que a menudo significan progreso y consolidación en apariencia, pero también pueden ser sinónimo de deterioro o conflicto en lo personal y humano.

Las críticas no fueron demasiado positivas, como se puede ver en los tres comentarios de la época del estreno incluidos en los archivos de prensa de la ficha de la película en cinechile.cl: Mariano Silva la calificó como «una evidente desilusión» y comentó que «la pintura social se diluye en el charco de los lugares comunes», mientras en la revista Ercilla el crítico J.E. señaló que «las limitaciones de la película están en la superficialidad con que se observa este ambiente y, sobre todo, en la falta de un punto de vista del realizador», y bajo el seudónimo Caligari otro crítico habló de sus personajes como «siluetas bidimensionales captadas mecánica y fotográficamente» y concluyó que «sus realizadores no se propusieron ir más allá de la superficie de las cosas».

Tampoco con el paso del tiempo la mirada de los expertos ha sido necesariamente más clemente, por ejemplo hace poco más de una década Vera Meiggs en Cine Chile describió a la película como «anclada en las convenciones de una época hoy aplastada por la lápida del tiempo», agregando que «toda buena intención no basta para darle vida al conjunto de personajes y situaciones». Sin embargo, por otro lado Ascanio Cavallo -quien en estas semanas volvió a hablar de la película a partir del aniversario, junto a su colega Antonio Martínez en Tele13 Radio, donde dijo que era «una buena película», aunque reconoció que tiene «cosas muy risibles, hoy día muy anacrónicas»- afirmó en el libro «Explotados y benditos: Mito y desmitificación del cine chileno de los 60» (2007) que «no hay otra película chilena que se haya atrevido a abordar casi treinta años de historia nacional registrando los cambios políticos como telón de fondo de las transformaciones de una familia».

Como toda percepción de una obra artística siempre será subjetiva, más allá de esas críticas de los especialistas, el veredicto final siempre quedará a cargo de cada espectador. En mi caso personal, debo reconocer que luego de ver en un par de oportunidades la película, comparto varios de los comentarios previos: reconozco que la idea tenía un gran potencial que finalmente no logró desarrollar, y también creo que Kaulen trata de abordar muchas cosas a la vez en un tiempo muy reducido -el largometraje dura apenas una hora y cuarto, y su desenlace se siente precipitado y abrupto-, por lo que no consigue profundizar mayormente en sus personajes y situaciones y todo se queda en la superficie, incluyendo unos cuantos estereotipos, sobre todo con los momentos de humor que en más de una ocasión se sienten casi como sketches o gags televisivos.

Y sin embargo, a pesar de todo eso e incluso si llegáramos a considerar a «La casa en que vivimos» como un trabajo irregular o fallido, creo que es importante verla y conocerla, y que mucha más gente que nunca ha escuchado de ella pueda apreciarla y formarse su propia opinión. No sólo porque de todos modos es entretenida y su ritmo es fluido y constante y no decae, o porque hay que reconocerle lo atractivo e interesante de pretender contar su historia viajando entre el presente, pasado y futuro -cada uno de esos tiempos acertadamente diferenciado en lo visual, en color, en sepia y en blanco y negro, respectivamente-, sino especialmente porque como muchos trabajos de esa época, funciona como un verdadero registro y documento histórico del Chile de ese entonces, en el que pocos meses después de su estreno se realizaría la elección presidencial en la que sería electo Salvador Allende.

Aunque el centro de todo es la familia y su simbólico «sueño de la casa propia» que se extiende durante tantos años, Kaulen nos muestra además el contexto de la época, a través de distintas pinceladas y detalles, a veces fugaces e ínfimos pero que de todos modos se hacen notar: las relaciones familiares, las diferencias entre jóvenes y adultos, las transformaciones y cambios sociales y políticos, como por ejemplo en el caso de Julio (interpretado por Leonardo Perucci), uno de los hijos de la pareja, que apoya la huelga de los trabajadores de una fábrica y cuya naciente conciencia de clase es parte de las conversaciones quejándose de «los burgueses» con sus amigos en juntas en medio de canciones de protesta y un afiche del Che Guevara.

Con su carácter tranquilo y reservado, Domingo, el padre de familia que encarna Domingo Tessier, un funcionario público que pasó del fervor político de sus tiempos juveniles ligado al Partido Radical hasta sus anhelos de ascender en medio del gobierno de la Democracia Cristiana (partido al que adhería el director de la película), no es un héroe ni mucho menos, y ese es uno de los aspectos interesantes de la película, porque él y su esposa y tres hijos representan muchas cosas, no son una familia idealizada o perfecta como quizás se habría podido ver más habitualmente en una comedia costumbrista de esos años. Acá el tono además es distinto, porque si hubiera que categorizar el film, se podría decir que a pesar de los momentos simpáticos o de humor, en su esencia es un melodrama agridulce y desencantado.

Y lo que hace más interesante ver el film hoy en día, es encontrar sus ecos y conexiones con el Chile de hoy. No sólo por la nostalgia o curiosidad que puede provocar a nuestros padres, tíos o abuelos mirar pasar una micro Matadero Palma, escuchar a los personajes decir «¡Macanudo!», ver una escena que transcurre en un emblema de la bohemia nocturna de esa época como el ya hace décadas desaparecido Black and White, o simplemente ver esos barrios del sector al sur de Avenida Matta que remiten al Santiago antiguo que cada vez cuesta más reconocer en la actualidad.

Más allá de eso, esta familia que se forjó al ritmo del clásico bolero «Nosotros» del cubano Pedro Junco -que aparece en distintas oportunidades durante la película, convirtiéndose en un verdadero leitmotiv-, que depende de un préstamo para poder pagar la hipoteca de su futuro hogar, representa lo que habitualmente hoy se define como «aspiracional», y en los diálogos de la cinta podemos darnos cuenta que muchas cosas lamentablemente no han cambiado mucho: «La jubilación no alcanza», «acá todo se consigue con cuñas o con amigos», o el momento en que un personaje dice «La plata no hace la felicidad», otro contesta «pero ayuda a conseguirla pues», y le responden «¡la plata, la plata! si nos pasamos pensando en la plata, siempre nos va a faltar».

Si oímos hoy conversaciones así en una película de hace medio siglo, en este Chile post estallido social y en plena pandemia, da para pensar y reflexionar muchas cosas. Afortunadamente, aunque poco se hable de ella hoy en día, es posible ver «La casa en que vivimos» gracias al archivo online de la Cineteca Nacional de Chile, en una copia que tiene unos cuantos detalles técnicos, pero que igual permite su visionado. Más allá de si les gusta o no, si les parece irregular o decepcionante, o si quizás les gusta y les parece interesante, hagan el ejercicio de ver «La casa en que vivimos», entendiendo el momento en el que fue hecha y el contexto del Chile de 1970 en que se estrenó. Vale la pena hacerlo.

LINK DE LA PELÍCULA EN CINETECA NACIONAL ONLINE

CARMEN BARROS: 95… Y QUÉ

Crédito foto: René Combeau

Uno de los aspectos más destacados de la película es el trabajo de su elenco, considerando que aparecen muchos actores, hay varias escenas grupales y además se entremezclan no sólo distintas generaciones sino además estilos interpretativos, lo que se hace especialmente manifiesto en algunos personajes de carácter más cómico, como el rol del hermano del protagonista, que encarna Pepe Rojas (Premio Nacional de Teatro 1961). Así como los personajes más jóvenes se ven más «acartonados» y rígidos en especial en la forma de decir los diálogos, destaca el oficio de los actores de mayor trayectoria, en un reparto que incluye a figuras tan reconocidas en cine, teatro y televisión y ya desaparecidas como Pury Durante, Enrique Heine, Tennyson Ferrada, María Castiglione, Amelia Requena y Mireya Véliz, entre otros. Incluso se pueden ver actores que siguen vigentes hasta hoy, como Gloria Münchmeyer, quien aparece en un par de escenas.

Pero los grandes protagonistas son el matrimonio que componen Domingo y Luisa Gutiérrez, muy bien encarnados -en tres épocas distintas de sus vidas- respectivamente por el siempre sólido Domingo Tessier, fallecido hace seis años, y un verdadero emblema de la escena local, Carmen Barros, quien a sus 95 años se mantiene tan lúcida y entusiasta como siempre, y con la que en estos días aprovechamos de conversar telefónicamente a propósito de la película.

Con una vida tan fascinante y llena de hitos como la de Barros, cualquier conversación daría para miles de horas. De partida, como hija de padre diplomático vivió en Berlín entre 1940 y 1944 cuando él fue embajador de Chile en plena Segunda Guerra Mundial. Destacó como intérprete en ópera en escenarios de distintos países, pero se hizo especialmente famosa como cantante popular con el seudónimo de Marianela. En 1958 fue coautora -junto a Luis Alberto Heiremans- y protagonista del que es considerado el primer musical chileno, la exitosa «Esta señorita Trini», y protagonizó la versión original de un hito de la escena local, como la Carmela de «La pérgola de las flores», que en abril pasado cumplió 60 años de su estreno. Se fue del país en 1973 pocos meses después del golpe de Estado, regresó en 1982 y se reincorporó activamente en el medio local, para luego con la llegada de la democracia ser agregada cultural de Chile en Alemania. En televisión ha sido parte desde teleseries como «Los títeres», «Matrimonio de papel», «Secreto de familia», «El amor está de moda», «Piel canela», «Hippie», «Papi Ricky» y «Preciosas», hasta series como «Soltera otra vez 2» y «Los años dorados». Ha ganado diversos reconocimientos a lo largo de sus cerca de ocho décadas de trayectoria, entre ellos los premios Apes y Caleuche a la trayectoria artística, y se ha mantenido vigente hasta ahora, ya sea actuando en obras teatrales como «Mi Marilyn Monroe» y «El marinero» o hasta lanzando un disco a los 90 años, apropiadamente titulado «90… y qué».

Eso sí, en el cine sus apariciones han sido más contadas, aunque no por ello menos importantes. Debutó en la pantalla grande en 1944 a los 19 años, con «Bajo un cielo de gloria», y dos años después fue parte del elenco de la película musical «Música en tu corazón», pero tuvieron que pasar más de 20 años para que volviera a incursionar en cine, precisamente con «La casa en que vivimos», aunque en las últimas dos décadas ha estado en otros títulos, como «La fiebre del loco» de Andrés Wood, «La chupilca del diablo» de Ignacio Rodríguez o «La visita» de Mauricio López, protagonizada por Daniela Vega. Y hace pocos días se confirmó que el corto «Un cuento de dos mujeres», ópera prima de Maximiliano Sotomayor, donde actúa junto a Ana Reeves, estará en la Competencia Cortometraje Talento Nacional del festival SANFIC.

Carmen Barros conserva mucho cariño por «La casa en que vivimos», y dice que siempre ha pensado que debió haber sido más vista y comentada; cree que por el momento político que se vivía pasó desapercibida, pero está muy agradecida de que Patricio Kaulen la convocara: «Me dijo, Carmen la estoy llamando porque tengo dos actores con los que quiero contar, necesito que aparezcan jóvenes pero también maduros y viejos; y pensaba que los únicos dos que podíamos hacer eso éramos nosotros con Domingo Tessier, fue un piropo hermoso. Me aclaró que el guion era muy contingente en ese momento, en pleno año 70. Eso sí, aunque tenía sus convicciones, Patricio no era un hombre político, era un artista».

Tiene muy buenos recuerdos del rodaje, en esa casa tan típica del Santiago antiguo en el sector de Matta Sur, que fue arrendada especialmente para la filmación: «Fue como mi segunda casa durante ese tiempo, porque las filmaciones eran el día entero, entonces prácticamente vivíamos ahí, lo que era una buena idea desde el punto de vista artístico». Y se ríe al recordar el primer día de rodaje, cuando se encontró con el director de fotografía de la película, el argentino Adelqui Camusso, quien trabajó junto a emblemas del cine trasandino como Fernando Birri y Pino Solanas, y el año anterior había sido parte del equipo de una producción que hoy es una cinta de culto, «Invasión», ópera prima de Hugo Santiago con guion de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, ni más ni menos. «A mí siempre se me quedó pegado eso muy alemán de llegar con anticipación a todos lados», recuerda Barros, «y entonces el primer día de filmación estaba a las 8 en punto en la casa, pero no había llegado nadie, sólo él y yo; él era muy encantador, y me ofreció fumar, porque él tenía la tradición de fumar un pito de marihuana al comienzo de cada rodaje, ya que según él era un hombre muy irascible y eso lo mantenía calmado. Aunque yo no fumé, seguimos conversando hasta que llegó el resto del equipo. Era un excelente director de fotografía, siempre muy agradable».

Debe haber sido un desafío interpretar a los personajes en tres etapas distintas de su vida. En pantalla además hay muy buena química entre usted y Domingo Tessier, uno como espectador se cree que eran de verdad un matrimonio.  

«Nunca habíamos trabajado juntos. Los que estábamos ligados al Teatro de Ensayo de la Universidad Católica les teníamos mucho respeto a los que venían de la Chile (N. de la R.: Tessier era uno de los fundadores del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, el actual Teatro Nacional Chileno), entonces yo encontraba que era fantástico estar trabajando con él. El Teatro de la Chile tenía todo un dominio que la Católica empezó después. Domingo tenía mucha cultura teatral, era muy simpático, chistoso, afable, buen compañero de trabajo. En general lo pasé muy bien en ese rodaje, fue cómodo, el elenco era encantador, y funcionó bien la filmación de las tres épocas distintas, que se hicieron por separado».

¿Y durante el rodaje había posibilidad de improvisar, o tenían que seguir el guion al pie de la letra?

«Todo ateniéndonos al libreto. En esa época no estaba tan de moda la improvisación, y yo misma no lo habría propuesto, soy enemiga de eso. Hay gente que lo hace excelente, pero yo personalmente no soy así, si el autor original no puso algo, no lo hago. Me dan un texto y sea de quién sea, yo lo respeto».

Lamentablemente, la película no tuvo mucha repercusión. Pero mirada en la actualidad puede ser interesante encontrar conexiones con el Chile de hoy…

«En su estreno la película prácticamente no existió. Gente como mi querido Raúl Matas (N. de la R.: Periodista, locutor y conductor de radio y televisión, uno de los nombres más recordados de la historia de las comunicaciones en Chile) me dijo, ¡qué pena tan grande Carmen, que esta película tan excelente haya llegado justo en este momento y haya pasado desapercibida! Lo que muestra forma parte de la historia de un país, y al verla hoy es casi como si hubiera anticipado cosas. Más allá de que tiene muy buena factura en lo cinematográfico y que puede ser entretenida, uno la ve en la actualidad y se da cuenta que hay generaciones nuevas en las que vuelve a pasar lo mismo que se muestra en la película».

Aprovechamos de preguntarle a Carmen Barros por otra reciente aparición suya en la pantalla, en este caso en televisión, como parte de la serie documental «Mierda mierda» que transmite los sábados TVN, centrada en la historia del teatro en nuestro país, y en cuyo primer capítulo ella, como era de esperar, apareció hablando de su Carmela «La pérgola de las flores». «Me parece muy bueno e importante, ojalá hubiera más programas de ese estilo, que atraigan a la gente y la hagan interesarse en temas culturales».

Y confirmando lo incansable y siempre inquieta que se mantiene, Barros nos cuenta que en plena pandemia y en medio del confinamiento, en estos días bajo la dirección de Roberto Jadue está ensayando online «Mariposas», una obra escrita por Flavia Radrigán que próximamente tendrá funciones virtuales. Uno de los distintos proyectos que siempre está dispuesta a emprender, «mientras el tata Dios me dé salud», comenta antes de despedirse.