La crisis del Metro: Ya no basta acumular rabia

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Escribo estas líneas mientras las llamas consumen edificios, buses y estaciones del Metro de Santiago, entre la angustia de la violencia desatada y el país bajo estado de emergencia. Hace tan poco que veíamos en los noticiarios los enfrentamientos en Hong Kong, Ecuador, París, protestas donde el fuego era la señal de la rabia contenida. El fuego, dicen los expertos en mitología, es purificación. A los herejes se les quemaba vivos en tiempos de intolerancia.

Hoy la rabia acumulada se desahoga en violencia, con fuego. Una sensación de descontrol hipnotizante. Imágenes sin conclusiones, porque las llamas arden sin que nadie las apague. Vehículos policiales asaltados por energúmenos, buses que muestran sus esqueletos en medio de las llamas. Un espectáculo dantesco que solo vemos en las noticias del exterior. Hoy arde nuestra historia. Uno se pregunta qué hay detrás de esto, ¿grupos organizados? ¿Vándalos en los supermercados robando a destajo? Puede ser, así lo muestran las imágenes. ¿Pueden 30 pesos provocar un caos como éste, porque suben la tarifa de la locomoción?

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No es razón suficiente, pero es una gota más de un vaso ya rebalsado hace mucho tiempo. Un vaso que se ha ido llenando con invisible sumatoria de hechos que golpean duramente a la ciudadanía, ya sea en los sistemas de previsión, en los sistemas de salud, en el universo de las empresas que se “coluden” y cuyo castigo es un curso de ética. Son los tacos diarios, son las colas para tomar el transantiago, la sensación de que la justicia es algo ajena, y efectivamente ciega.

En nuestros tiempos de estudiante, cuando en Francia se luchaba por llevar “la imaginación al poder”, cuando en Praga se vivía el sueño de una primavera política con Dubceck, aspirábamos a una sociedad a escala humana. A valores como la solidaridad social, la igualdad de oportunidades, y podemos concluir que hemos fracasado totalmente. A donde miremos encontramos la huella de un sistema injusto, que se ha instalado como un castigo a las aspiraciones que nos legara la revolución francesa, con sus palabras mágicas: libertad, igualdad, fraternidad.

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Estamos en estado de emergencia. El gobierno muestra un rostro serio, acorde a las circunstancias, anuncia que lanza a las fuerzas armadas a controlar las calles, pero envía una señal ambigua ante el detonante de la protesta: “vamos a estudiar el problema del valor de los pasajes”. Vamos. La respuesta rápida y apaciguadora debe esperar el juicio financiero, lo que la comisión diga, dependiendo de los algoritmos del caso. ¿Dónde se esconde esa pequeña aspiración humanista que permite poner por sobre el capital los sueños de las personas?

No en vano un pensador nos decía que el capitalismo era un error de la historia. Cuando nos aterra pensar a futuro, un futuro tremendamente cercano, en que la cibernética nos va a reemplazar por estúpidas máquinas que con una sonrisa nos va a hacer desaparecer, debemos primero pensar que estamos sobreviviendo en un sistema que nos envuelve en una totalidad de castigos, porque castiga nuestros sueños, nos alimenta gracias a tarjetas de plástico, castiga nuestro acceso a la literatura, quiere sacarnos del alma el estudio de la historia y la filosofía, para convertirnos en un engranaje más de la gigantesca máquina del hoy.

“¡Acumulen rabia!” escriban los estudiantes de la Sorbona en los días de la revolución de mayo en París. Al parecer, ya no basta con acumular rabia.