«Pet Sematary»: El eterno cementerio de mascotas


“Cuando me preguntan cuál considero que es el libro más aterrador que jamás he escrito, mi respuesta viene fácilmente y sin ninguna duda: Pet sematary”. Estas palabras de Stephen King no son una exageración ni un gancho comercial. El autor mantuvo la novela guardada en un cajón durante tres años, conmovido y aterrado por haber ido tan lejos, incluso para sus terroríficos parámetros. Pet Sematary -o Cementerio de Animales– vio la luz en noviembre de 1983, básicamente porque King necesitaba entregar una nueva novela a la editorial Doubleday para poder cortar su relación contractual (King estaba muy molesto por temas de regalías y quería escapar de allí lo antes posible); Pet Sematary entonces salió del cajón y se transformó en el ticket de salida de Doubleday para King.

Pero no solo se transformó en un ticket de salida. La novela, desde su primera edición de 700.000 ejemplares, se transformó en todo un éxito comercial, permaneciendo más de treinta semanas en la lista de los más vendidos del New York Times. Y no solo eso, la adaptación al cine en 1989, dirigida por Mary Lambert, volvió a ponerla en primer plano, generando imágenes que se han convertido en clásicos del cine de terror, como el gato Church con sus ojos brillantes o la caminata ¿en sueños? donde el fallecido Victor Pascow guía al protagonista Louis Creed hacia el cementerio de mascotas. Vale decir que el mismo King participó en la producción de la película y hasta realizó un cameo. También le encargó a Ramones -una de sus bandas favoritas y que aparece mencionada varias veces en la novela- que crearan una canción como tema central para la película. Y los Ramones no fallaron. La canción “Pet Sematary” se convirtió en uno de sus hits más recordados, con una melodía oscura y una letra escrita por Dee Dee Ramone que aborda varias escenas de la obra.

La novela narra la historia del doctor Louis Creed, quien junto a su esposa Rachel y sus dos hijos pequeños Gage y Ellie, se mudan a una casona en un pueblo en Maine -ciudad donde King ha vivido toda su vida y donde sitúa la mayoría de sus novelas-; a poco de llegar a esta nueva casa, Louis entabla amistad con Jud Crandall, vecino del frente. Ambas casas están separadas por una peligrosa carretera, donde pasaban camiones todo el día a alta velocidad. El viejo Jud muestra a Louis y su familia un cementerio de mascotas que está subiendo por un camino en medio del bosque que está dentro del terreno de la familia de Louis. En el cementerio los niños del pueblo durante décadas han enterrado a sus mascotas. El lugar provoca rechazo en Rachel -porque le recuerda el trágico fallecimiento de su hermana Zelda- y en su hija Ellie, quien se enfrenta por primera vez a la idea de la muerte y no soporta que su gato Church algún día tenga que morir. Cuando finalmente el gato Church muere atropellado en la carretera, Jud lleva a Louis a los terrenos que están más allá del cementerio de mascotas, un lugar oscuro, tétrico, que los viejos indios consideraban mágico y maldito. Allí entierran a Church, que al día siguiente vuelve a casa. Vivo. O algo así. El gato ahora no ronronea, choca con las paredes, ha perdido sus reflejos felinos y huele a carne en descomposición. De aquí en adelante la novela se transforma en una espiral de desgracias que se conectan y, al modo de las viejas tragedias griegas, parecen responder a un impulso superior que no se puede evitar. El poder de las tierras malditas ya no descansará hasta acabar con su obra.

Stephen King haciendo su cameo en la película de 1989.

King ha señalado que la idea de la novela le vino a partir del cuento La pata de mono de W.W. Jacobs, relato que aparece mencionado en el texto y que además hace de epígrafe en algunos segmentos de la novela de King. Si no has leído semejante clásico, parodiado hasta por Los Simpson, se trata de una pata de mono hechizada que concede tres deseos a quien la posea, pero el deseo se cumple de una manera que no es la esperada. “Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente”, dice el cuento sobre las intenciones del faquir que la embrujó. El receloso protagonista del cuento pide una cifra de dinero (200 libras) que le llega, pero a través del peor medio posible: la compensación de la empresa por la muerte de su hijo en un accidente laboral. El peso de la culpa y el rito del duelo son pesados y angustiantes. La pérdida del hijo se hace casi insoportable para el matrimonio, hasta que la mujer pide el segundo deseo: que su hijo vuelva a la vida. Pero el hijo llevaba varios días enterrado, además de que su muerte había sido en una máquina que lo había destrozado; “lo reconocí por las ropas”, dice el padre. ¿Si lo que vuelve es un cuerpo destrozado y monstruoso, seguirá siendo nuestro hijo? ¿Lo seguiremos queriendo? ¿Es mejor arrebatarle a la muerte un cuerpo destrozado o permitir que el ciclo de la vida y la muerte sigan su curso natural? ¿Qué consecuencias deberemos pagar por jugar a ser dioses? Preguntas como estas surgen de La pata de mono, similares a las que nos arroja a la cara Pet Sematary.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de 1989.

Pet Sematary no es una simple novela de zombis que apela al susto y a la sorpresa para mantener la atención; hay mucho de prejuicio al abordar la obra de King como literatura chatarra sin contenido alguno. Aquí estamos frente a una novela psicológica, que aborda el tema de la muerte de una manera descarnada y brutal. Toda la historia está salpicada de la presencia de la muerte: el cementerio de mascotas, la muerte de Víctor Pascow el primer día de trabajo de Louis, el recuerdo de Zelda, el fallecimiento de la esposa de Jud, las discusiones entre Rachel y su marido sobre la naturaleza de la muerte y sobre cómo abordar el tema ante su pequeña hija. A través de la psicología de Louis vamos sumergiéndonos en una caída libre hacia la desesperanza absoluta, hacia la locura, viendo en primera fila la transformación del escéptico hombre de ciencias que termina como un descontrolado ladrón de cadáveres, desencadenando una horrorosa masacre. Una familia destrozada por la muerte repentina del hijo menor, y con él, la muerte de toda estabilidad emocional y mental. Y, quizás, lo que pueda provocar más horror en un lector capaz de mirarse al espejo y preguntarse ¿qué haría yo en su lugar?

Insisto, Pet Sematary no es una simple novela de zombis; es más, el horror físico aparece recién en los últimos episodios de la novela. Es una novela honesta y despiadada, tan humana y cruel como la muerte misma. Tal como señala la escritora argentina Mariana Enríquez: “Más que una novela de horror sobre seres que resucitan, Pet Sematary es una historia sobre el duelo: sobre qué pasa cuando vivir es insoportable, pero morir es inconcebible”. Por eso resulta decepcionante el enfoque morboso y efectista que presenta el remake de la película, estrenado en 2019. Porque en la obra de King el terror no está precisamente en el color pálido de la piel o en la herida abierta, ni siquiera en la tumba usurpada, sino en la mente de los personajes, en su humanidad destrozada y en su vulnerabilidad, porque, en el fondo, todos somos vulnerables a la muerte.

Fotograma de la reciente adaptación de 2019 a manos de Kevin Kölsch y Dennis Widmyer.

Pet Sematary -o Cementerio de mascotas, o Cementerio de animales, como quieras llamarla- es una novela escalofriante, despiadada y aplastante. Una obra que incorpora los elementos más oscuros de la pluma de King y los retuerce en una tragedia que vale la pena leer.

Recomendado para ti



6.048 Seguidores
Seguir