La leyenda de “Casablanca”    

El filme de Michael Kurtiz no permite instantes de monotonía, porque cada escena es más intensa que la anterior, donde Humprey Bogart e Ingrid Bergman logran una química pocas veces vista en pantalla.

Cada cierto tiempo regreso a “Casablanca” (1941) y siempre me pregunto por qué. Será por el espíritu patriota que derrochan sus protagonistas en tiempos de guerra cuando en un bar entonan a todo pulmón “La Marsellesa” para silenciar el odio de los oficiales de la Gestapo alemana.

O quizás por el misterio que encierra esta excéntrica ciudad localizada en Marruecos, norte de África, lugar de desdichas y esperanzas para cientos de refugiados.

Aquí donde la vida vale tan poco, pero donde todos luchan por libertad, en aquel peculiar café casino en que algunos se juegan todas las fichas en la ruleta para salvarse el pellejo y poder escapar.

Puede ser que vuelvo a la obra maestra de Michael Kurtiz para admirar al trío de amantes que ante la barbarie enemiga apelan al sacrifico personal en aras de la libertad.

Y para disfrutar de las actuaciones de Humprey Bogart e Ingrid Bergman, que logran una química pocas veces vista en pantalla, y se enamoran al son de la música de Sam que interpreta “El tiempo pasará”.

Al final concluyo que no existe una razón especial para regresar al “Café de Rick”; mágicamente me encuentro en Casablanca, lugar al que llegan cientos de perseguidos por la Gestapo en la Segunda Guerra Mundial.

Una ciudad difícil de abandonar si no cuentas con los codiciados pases para viajar a Portugal y luego a Estados Unidos para seguir luchando contra la tiranía instaurada por Adolf Hitler y su círculo de allegados.

La última esperanza del líder checo y héroe de la resistencia, Víctor Laszlo (Paul Henreid), es Rick Blaine (Humphrey Bogart), propietario del Rick’s Café, un hombre que no arriesga su vida por nada ni nadie, excepto por Ilsa (Ingrid Bergman).

Sacrificio

Rick e Ilsa tuvieron un apasionado romance en Francia, se separan un tiempo e inexplicablemente el destino los reúne en Casablanca; cuando ella se ofrece a cambio de un visado para sacar a Laszlo de la ciudad. Rick deberá elegir entre su felicidad o las numerosas vidas que podría salvar.

En una inolvidable escena Rick está destrozado en el bar y le dice a Sam: “De todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, ella tuvo que venir al mío”. Está convencido que el destino se ríe de él, pero entiende que las vicisitudes de la vida no son casualidad. Así el amor traspasa los intereses individuales para salvaguardar los colectivos.

Definitivamente el filme de Kurtiz no permite instantes de monotonía, porque cada escena es más intensa que la anterior, por eso y mucho más vuelvo a  “Casablanca”, como un niño que antes de dormir quiere que le relaten nuevamente su cuento favorito.

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