La poesía del escritor ruso Joseph Brodsky


Un día como hoy, pero de 1996, murió a los 55 años el poeta ruso nacionalizado estadounidense, Joseph Brodsky, considerado uno de los más grandes escritores nacidos en la época soviética.

De origen judío, hijo de un fotógrafo de prensa y una traductora, vivió la II Guerra Mundial en Leningrado. Fue a la escuela hasta los 15; abandonó sus estudios de bachillerato y desde entonces su formación fue autodidacta, interesándose por la filosofía y la literatura clásica y moderna.

En 1963 fue detenido detenido y condenado a 5 años por “parasitismo social” y fue enviado a un campo de trabajos forzados soviético. Gracias a lo que venía haciendo desde 1958 con sus poemas, en el mundo se generó una presión para que fuese liberado. Estuvo 18 meses recluido. En 1972, siete años después de su liberación, se exilió y obtuvo la nacionalidad estadounidense.

En 1987 fue galardonado con el Nobel de Literatura por “su producción literaria, de excepcional calidad, impregnada de agudeza y de intensidad poética”. Sus “Poemas selectos”, que reúnen una cantidad importante de su obra, se publicaron en inglés en 1973. Después publicaría “Partes de la oración”, “Historia del Siglo XX” y “Urania”, entre otros títulos.

La editorial española Galaxia Gutemberg publicó la antología en español de su poesía bajo el título “No vendrá el diluvio tras nosotros”. El poeta falleció en su casa de Nueva York, producto de un ataque al corazón.

A continuación te dejamos 4 poemas del escritor:


Canción de amor

Si te estuvieras ahogando, acudiría a salvarte,
a taparte con mi manta y a ofrecerte té caliente.
Si yo fuera comisario, te arrestaría y te
encerraría en una celda con la llave echada.

Si fueras un pájaro, grabaría un disco
y escucharía toda la noche tu trino agudo.
Si yo fuera sargento, tú serías mi recluta
y, chico, te aseguro que te encantaría la instrucción.

Si fueras china, aprendería tu idioma, quemaría
mucho incienso, llevaría tu ropa rara.
Si fueras un espejo, asaltaría el baño de las señoras,
te daría mi lápiz rojo de labios y te soplaría la nariz.

Si te gustaran los volcanes, yo sería lava
en constante erupción desde mi oculto origen.
Y si fueras mi esposa, yo sería tu amante,
porque la Iglesia está firmemente en contra del divorcio.

Versión de Alejandro Valero

El explorador polar

Todos los perros devorados. En el diario
no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa
se cubre de palabras a modo de rosario,
clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.
Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:
¡se trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez
más negra, por la cadera trepa la gangrena
como la media de una corista de varietés.

De «No vendrá el diluvio tras nosotros» (Antología 1960-1996)
Versión de Ricardo San Vicente

El fuego, oyes, se empieza a apagar…

El fuego, oyes, se empieza a apagar.
En los ángulos las sombras se agitan.
Y ya no hay modo de poderlas señalar,
gritarles que se queden quietas.
Cerrando filas, se han puesto a formar.
No, esta hueste no atiende a palabras.
Silenciosa avanza de cualquier rincón
y yo de pronto he ocupado el centro.
Más altas cada vez, signos de exclamación,
las explosiones de tinieblas se elevan.
La noche arruga el papel hasta el mentón
de lo alto, cada vez más densa.
Se han esfumado las agujas del reloj.
Y éste no se ve, ni se oye siquiera.
Y aquí no ha quedado más que el brillo ocular,
inmóvil, detenido. Detenido.
El fuego se apagó. Lo oyes: se apagó.
El humo ardiente vuela por el techo.
Mas no huye de la vista este fulgor.
O, mejor dicho, no deja las tinieblas.

De «No vendrá el diluvio tras nosotros» (Antología 1960-1996)
Versión de Ricardo San Vicente

Mi verso mudo, mi callado verso…

Mi verso mudo, mi callado verso
pero aciago -mal le pesen las riendas-,
¿a dónde de este yugo iremos a quejamos
y a quién decir la vida que llevamos?
Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando
detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna,
expulses de los restos de tu mueca opaca
con la mano, en la mesa, de la locura el polvo.
Por mucho que embadurnes este engrudo escrito
más denso que la miel, ¿con quién quebrar
en la rodilla, o en el codo al menos,
una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?

De «Parte de la oración» 1975 – 1976
Versión de Ricardo San Vicente

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